La noche que subí a mis clientes a un avión a las 4 de la madrugada (y lo que aprendí sobre viajar acompañado)

Mano moviendo una ficha sobre un mapa del mundo de juego de mesa, como coordinando viajeros entre continentes

Hay una pregunta que me hacen constantemente, a veces con curiosidad y a veces con escepticismo: «¿Para qué necesito una agencia de viajes, si puedo reservar todo por internet?»

Es una pregunta justa. Y durante años la respondí con argumentos: el conocimiento, el ahorro de tiempo, el acceso a mejores condiciones.

Pero desde marzo de 2020 la respondo con una historia. Esta.

Marzo de 2020: el mundo se cierra

Quien lo vivió lo recuerda: en cuestión de días, el mundo pasó de la normalidad absoluta al cierre total. Fronteras cerradas, vuelos cancelados en cascada, aeropuertos colapsados, información contradictoria cambiando hora a hora.

Yo tenía clientes viajando por todo el mundo en ese momento. Personas que habían confiado en mí para sus vacaciones soñadas y que, de un día para otro, estaban atrapadas a miles de kilómetros de casa, con vuelos de regreso cancelados y sin saber qué hacer.

Quiero que se detengan un segundo en esa imagen: estar en otro continente, con las fronteras cerrándose, el hotel preguntando hasta cuándo te quedas, y un email automático de la aerolínea diciendo «su vuelo ha sido cancelado» sin ofrecer alternativa.

¿A quién llamas?

Mis clientes sabían exactamente a quién.

Lo que pasó las semanas siguientes

No voy a contar que fue heroico, porque no lo fue: fue simplemente mi trabajo, llevado a su expresión más extrema. Pero sí voy a contar cómo fue, porque explica mejor que cualquier argumento comercial qué significa viajar acompañado.

Trabajé día y noche, caso por caso. Cada cliente era una situación distinta: distinto país, distinta aerolínea, distintas reglas cambiando cada pocas horas.

A algunos les adelantamos el regreso antes de que cerraran su ruta. A otros, cuando su destino cerró fronteras sin salida inmediata, los reubicamos en países vecinos más seguros — donde pudieran esperar con tranquilidad mientras conseguíamos plazas de repatriación. Y hubo casos en los que, cuando se habilitó un vuelo especial, estábamos despiertos a las 4 de la madrugada para conseguir los primeros asientos. Literalmente los primeros: había trabajado sin descanso para estar ahí en el segundo exacto en que se abrió la reserva.

Todos mis clientes volvieron a casa. Todos. Y ninguno pasó esas semanas solo frente a un call center colapsado.

Lo que esa experiencia me enseñó (y confirmó)

1. El valor de una agencia no se ve cuando todo va bien

Cuando el viaje sale perfecto, la diferencia entre haber reservado online o con una profesional parece pequeña. La diferencia aparece cuando algo falla: un vuelo cancelado, una huelga, un problema de salud en destino, un imprevisto de cualquier tipo.

En ese momento, la diferencia entre «un localizador de reserva» y «una persona que te conoce y trabaja para ti» lo es todo.

2. Viajar acompañado no significa viajar con alguien al lado

Yo no estaba físicamente con mis clientes en marzo de 2020 — estaba donde más útil era: frente a los sistemas de reservas, al teléfono con aerolíneas y operadores, buscando soluciones.

Acompañar es eso: que estés donde estés, haya alguien de tu lado que sabe qué hacer. En las salidas grupales exclusivas de Meraki acompaño presencialmente; en los viajes a medida, acompaño con seguimiento constante a distancia. En ambos casos, la promesa es la misma: nunca viajas solo.

3. La confianza se construye antes de necesitarla

Los clientes que pasaron por aquello son hoy los que me recomiendan a sus familias y amigos, y los que no reservan un viaje sin consultarme. No porque mi trabajo sea perfecto — a veces las cosas fallan, los vuelos se retrasan y los imprevistos existen — sino porque saben que, pase lo que pase, no van a estar solos gestionándolo.

¿Significa esto que reservar online está mal?

No. Y quiero ser honesta, como siempre: hay viajes sencillos que cualquiera puede reservar por su cuenta sin problema. Un vuelo directo y un hotel en una capital europea no necesitan una agencia.

Pero cuando el viaje es importante — por el destino, por la complejidad, por lo que significa emocionalmente, o por lo que costó ahorrarlo — la pregunta correcta no es «¿cuánto cuesta una agencia?» sino «¿cuánto cuesta no tenerla el día que algo sale mal?»

Marzo de 2020 fue la respuesta más extrema a esa pregunta. Pero versiones pequeñas de esa historia pasan todas las semanas: la conexión perdida, el hotel con overbooking, la excursión que hay que reorganizar, la duda a las diez de la noche desde la otra punta del mundo.


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